NOVIEMBRE  2008

 

Extracto de El arte de la danza y otros escritos,

de Isadora Duncan.

Madrid, Akal, 2008, p. 100.

La verdadera danza es una expresión de serenidad, está controlada por el ritmo profundo de la emoción interna. La emoción no alcanza el momento de frenesí a partir de un borbotón de acción; primero anida, duerme como la vida en la semilla, y se despliega con graciosa lentitud. Los griegos entendieron la belleza continua de un movimiento que se elevaba , que se extendía, que terminaba con una promesa de renacimiento. La danza es el ritmo de todo lo que vive con el fin de vivir de nuevo; es la eterna salida del sol.

No nos es dado llegar al conocimiento; conocemos del mismo modo que amamos, por instinto, fe y emoción.

La emoción trabaja como un motor. Hay que calentarla para que corra bien, y el calor no se desarrolla inmediatamente: es progresivo. La danza sigue la misma ley de desarrollo, de progresión. El verdadero bailarín, como cualquier artista verdadero, espera frente a la belleza en un estado de completo suspense; abre el camino a su alma y a su «genio» y se deja mecer por ellas como los árboles se abandonan al viento. Comienza con un movimiento lento y sube a partir de ahí gradualmente, siguiendo la curva en ascenso de su inspiración, hasta llegar a los gestos que exteriorizan su plenitud de sentimiento, extendiendo aún más el impulso que lo ha mecido, fijándolo en otra expresión.

Los movimientos deberían seguir el ritmo de las olas: el ritmo que se eleva, penetra, sostiene en sí mismo el impulso y la resaca, llama y responde, salta infinitamente en una cadencia.