MARZO 2008

 

Mensaje del Día Mundial del Teatro 2008,

de Robert Lepage

Existen varias hipótesis sobre el origen del teatro, pero la que yo encuentro más intelectualmente provocadora tiene forma de fábula:

Una noche, al amanecer de los tiempos, un grupo de personas reunidas en una caverna calentándose alrededor de un fuego, contaban historias. De repente, uno de ellos tuvo la idea de ponerse en pie y usar su sombra para ilustrar su cuento. Usando la luz de las llamas, hizo aparecer los personajes, impresionantes, en las paredes de la caverna. Asombrados, los otros reconocieron sucesivamente al fuerte y al débil, al opresor y al oprimido, al dios y al mortal.

Hoy en día, la luz de los focos ha remplazado al fuego original, y la maquinaria escénica a los muros de la caverna. Y con el debido respeto a los puristas, este fuego nos recuerda que la tecnología se encuentra desde los orígenes del teatro y no debería ser percibida como una amenaza, sino como un elemento unificador.

Que el arte del teatro sobreviva depende de su capacidad de reinventarse a sí mismo, abrazándose a las nuevas herramientas y a los nuevos lenguajes. ¿Pero es que podría el teatro continuar dando buena fe de los grandes temas de su época y promover el entendimiento entre las personas si no tiene un espíritu de apertura en sí mismo? ¿Cómo podría enorgullecerse de ofrecer soluciones a los problemas de la intolerancia, la exclusión y el racismo si, en su propia creación, se resiste a cualquier fusión e integración?

Para representar el mundo en toda su complejidad, el artista debe incluir nuevas formas e ideas, y confiar en la inteligencia del espectador, que es capaz de distinguir la silueta de la humanidad dentro de este perpetuo juego de luz y sombra.

Es verdad que quien juega mucho con fuego, corre un gran riesgo, pero nos permite una posibilidad: nosotros quizá ardamos, pero también podremos sorprendernos e iluminar.