OCTUBRE 2006

 

Fragmento de El pez dorado,

 

de Peter Brook

 

(En La puerta abierta, 1993, p.104-105)

 

El teatro no es lo mismo que una disciplina espiritual. El teatro es un aliado externo del camino espiritual y existe para ofrecer visiones, inevitablemente fugaces, de un mundo invisible que se compenetra con el mundo cotidiano y normalmente es ignorado por nuestros sentidos.

El mundo invisible no tiene forma, no cambia o, al menos, no lo hace tal como nosotros lo entendemos. El mundo visible siempre está en movimiento, su característica es el flujo. Sus formas viven y mueren. La forma más compleja, el ser humano, vive y muere, las células viven y mueren, y exactamente de la misma manera, lenguas, modelos, actitudes, ideas y estructuras nacen, decaen y desaparecen. En ciertos momentos únicos de la historia de la humanidad, los artistas han sido capaces de establecer uniones tan auténticas entre lo visible  lo invisible, que sus formas, fueran éstas templos, esculturas, cuadros, narraciones o música, parecen sobrevivir eternamente, a pesar de que debemos ser prudentes y admitir que incluso la eternidad muere; no dura para siempre.