MAYO 2006

 

El arte del peligro, de Marco Antonio de la Parra

 [CONTINUACIÓN]

 

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Necesitamos un teatro imperfecto, deshonesto, falso, que oculte su condición artística. Que parezcan payasos pero sean profetas. No hay sitio hoy por hoy para los artistas. Escriban paradojas. Disfrácense de cómicos de la lengua. Cambien de sexo. Píntense el rostro y hagan cabriolas. Entre maroma y maroma reciten un evangelio recién sacado del horno. Anuncien la Parusía, la Venida del Señor. Hieran la pobre susceptibilidad de los autosatisfechos. Háganlos sangrar sin que se percaten. Que crean que se ríen. Que no se den cuenta que agonizan.

El actor también, el autor, el director. Todos, hasta las últimas consecuencias. Si el teatro está en peligro es que no hemos sido suficientemente arriesgados. Destruyamos el teatro. Deshagamos sus esquemas. Incluso, si es posible, hagamos a Shakespeare en inglés antiguo pero pronunciado en mapuche. No es posible imaginar mejor momento para el teatro que el éxito final del capitalismo y su cultura hedonista. Ha desalojado a todas las artes y ha convertido todo en decoración de interiores. La belleza ha expulsado de su cama a la verdad y se ha quedado sola y onanista.

El que abra la boca debe correr riesgos. Hay que decir palabras en llamas sin trucos de tragafuegos. Hay que quemarse algo más que las pestañas. Decir, por ejemplo, con seriedad y convicción: el teatro ha muerto. Y basta decirlo para que no muera.

Invitar al espectador a un sitio en ruinas. Esperar la luz del mediodía o la luna llena, actuar bajo la tormenta. Que sienta el peligro como lo sentimos nosotros. El único peligro real para el teatro es el desaliento. No tener voluntad. Creer que éste es el mejor de los mundos. Esperar el aplauso que ya no existe. Ya no es lo que era.

Con pasión declarar extinguida la palabra y pervertida la imagen. No hay gesto posible. Apagar la luz, quedarnos quie­tos. La mirada basta. El teatro no muere. Ni modo. Sigue vivo. Se repite, porfiado, tenaz. Está libre de atributos accesorios. Ni es el centro del mundo ni es la diversión masiva ni calma los espíritus. Despojado, empobrecido, desnudo.

El teatro actual es de agitadores, de sobrevivientes, de mendigos, de pequeños delincuentes. Nuestros reyes deambulan entre los basurales, nuestros héroes trágicos no son tomados en cuenta, nuestros comediantes se ubican en los pasillos del Metro. Hay que tomar al público por asalto. En una calle oscura, con una pandilla. Forzarlo a la revelación. Nadie quiere ver la verdad.